sábado, 29 de diciembre de 2007

Bear Rogers


Hace rato que no actualizan Hombres que se parecen a Kenny Rogers, pero igual puedo recorrer ese sitio sin cansarme millones de veces. Es la panacea para quienes gustan de las barbas canosas, para los que les parece magnético el look del cantante country. Las galerías de fotos son una repetición de clones de KR, que puede divertir mucho pero también asustar un poco. Fijensé y encontrarán a Papá Pitufo, a Lon Chaney, a George Lukas, a imitadores profesionales y a una serie de anónimos de lo más variados. Mi preferido, justamente elegido "Kenny del mes", es Cactus Kenny. Pinchame que me gusta.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Alterar la calma


Ni ver varias veces Qué bello es vivir en cine me pudo convencer de que la navidad es algo, espiritualmente hablando (tal vez me convenció, sí, de que el cine es mi religión). Mi negación a eso que las películas estadounidenses llaman espíritu navideño es total; aunque este año, el destino me mandó una prueba para desafiar mi escepticismo.
Tras los trámites rituales de la cena de noche buena, Vitel Thoné y ensalada rusa incluidos, volvía a eso de las 2am a dormir solo a casa. Caminaba por Av. Pueyrredón e iba cantando en voz alta el último mantra de Sr. Tomate, “La palabra macabra”, repitiendo la única parte de la letra que recordaba: “Las palabras salen de tu boca y ya no te pertenecen más”. Antes de cruzar Av. Córdoba, veo que un pibe de unos veintipico, remera verde y jean, apoyado en el semáforo, me mira muy atentamente. Su mirada, en realidad, casi me sacaba una radiografía. Por un momento pensé que él estaba yirando (esto es deformación libidinal), pero desgraciadamente no era mi target así que seguí viaje sin mosquearme. Al final de la vía peatonal, antes de poner mis pies en la otra vereda, oigo que vienen corriendo por atrás. Pensé que el semáforo estaba por cortar y alguien apuraba el paso. Pero no, era el pibe que me quería alcanzar, que me pasa y que una vez que subo la vereda me encara: “¿Vos sos Diego Trerotola, no? ¿Sos de El Amante?”. Respondo con un sí a las dos cosas. El estaba agitado por la carrera y parecía que temblaba un poco por los nervios. Continuó: “Bueno, te quiero decir que la nota que escribiste sobre The Host me cambió la vida”. Después de la última frase yo también me puse a temblar. Las últimas tres palabras fueron como una trompada, me desfiguraron la cara. Nadie está preparado para una cosa así. Mi acto reflejo fue decir gracias (creo que repetí gracias como seis veces porque quedé como tarado). El siguió con unos elogios, me comentó algunas cosas que escribí en la nota y, luego, creo que repitió la frase matadora (o, tal vez, mi mente la repitió para poder creerla). Porque todo me parecía un poco mentira: uno (o al menos yo) está acostumbrado a descreer de las críticas buenas y tomarse en serio sólo las malas. Pero, en realidad, había algo que le daba veracidad a la frase: la corrida. La verdad de su gesto estaba en su decisión de correr para alcanzarme, eso hacía, para mí, totalmente creíbles sus palabras (“No existen palabras de amor, sino actos de amor” dice uno de los personajes de Bresson). La carrera demostraba también que se trataba de un valiente capaz de encarar a un desconocido en la calle y poder abofetearlo con sus sentimientos. Me dijo que estudiaba Artes en la UBA. Le pregunto el nombre y responde "Fabio". No sabía qué más decirle o preguntarle. La sorpresa de semejante acto de amor me había dejado knock-out. Le digo mi mail y agrego: “Si necesitás algo escribime”. No sé, fue lo único que me salió. Después seguí caminando, tratando de que mi corazón hipertenso vuelva a su ritmo de vida. Una vez en mi casa, un poco más calmado, me arrepentí: ¿por qué no lo invité a tomar algo? ¿por qué no hablé más con él? Me sentí un maleducado. “Ya habrá tiempo, me va a escribir”, me tranquilizaba mentalmente. Luego puse el disco, todavía inédito, de Sr. Tomate y apareció la frase que no recordaba de “La palabra macabra”: “Esclavo aquel que no dice más para no alterar la calma”. La vida, algunas veces, tiene la banda de sonido que se merece.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Tetera


En 1962, la policía de Mansfield (Ohio) ubica una cámara de 16 milímetros oculta en el baño público de la plaza principal de la ciudad. Amparados en la Ley de Sodomía, se usó el registro como prueba para encarcelar a treinta hombres adultos que tuvieron sexo de mutuo acuerdo en ese baño. El FBI luego recicló ese metraje como parte de The Sex Deviant, una película para entrenar a policías que perseguían homosexuales. William E. Jones encontró el registro original de la cámara oculta policial y lo presenta con una “mínima” intervención. Una experiencia radical donde, en el colmo del voyeurismo incorrecto y represivo, se combina un exhibicionismo extremo con una recurrente fuga al fuera de campo. Con ecos del Guy Debord situacionista, Jones plantea una apropiación del metraje original y, al mismo tiempo, un desvío de su sentido original al rebautizarlo simplemente con la jerga propia de la cultura gay: Tearoom, equivalente a “tetera” en español, es un código para referirse a los baños elegidos para encuentros sexuales. Esta película, estrenada mundialmente en el último Bafici, propone una discusión sobre la relación entre espacio público y privado, las formas políticas de la construcción de la identidad y, al mismo tiempo, la represión sobre la diversidad sexual. Una discusión vigente y cada vez más necesaria.

El próximo domingo 23, a las 20 hs., en el Malba se realizará una función gratuita de Tearoom (EE.UU., 2007, 50'), un documento presentado por William E. Jones. Luego se realizará una mesa de debate. La entrada es libre y gratuita.

martes, 18 de diciembre de 2007

El Gordo de Navidad


Aclaro que, si bien pesebre y árbol navideño no me interesan, soy un estricto fanático de las navidades, especialmente de su gran protagonista: Papá Noel. Sé perfectamente que el hombre del Polo que le lleva regalos a los niños que se portan bien es un invento de Coca-Cola. Sin embargo, creo que, como dijo el sabio francés: "Somos hijos de Marx y de la Coca-Cola"; el rojo lo tiñe todo y une lo imposible, como si se tratara de hermanos de sangre.
Tal vez, mi principal entusiasmo por la navidad se relaciona con que siempre fue carne de cañón para el disparo punk: desde la gran canción "Merry Christmas (I Don't Want to Fight Tonight)" del cerebro vaciado de Ramones (se puede ver el video en el sitio oficial) hasta "Feliz Falsedad" de los mil a gritos de Soziedad Alkoholika. En Argentina, está el primer disco de Attaque 77, que hoy considero rescatable, hasta la gran primera parte de la trilogía de El mató a un policía motorizado: Navidad de reserva. Todavía recuerdo como un vívido momento emotivo de principios de los 90, haber visto en Cemento un recital de Las Pelotas donde cantaron "Noche de Paz" de Sumo, un villancico en versión grito punk.
Hace un par de días, revolviendo en esos locales de historietas usadas que visito seguido, encontré un ejemplar de la serie de "Clásicos del cine" con mi película preferida de Navidad: Santa Claus conquista a los marcianos (1964). Película clase Z, kidsploitation sin culpa, con un robot de latón que parece un tipo incrustado en un aparato de aire acondicionado. La película es una locura muy divertida post50, como si fuese una ruina del imperio dorado de la ciencia ficción clase B de la década anterior. Ya tenía la Filmfax #53 que le dedica la tapa a esta película y, ahora, esta historieta suma en mi colección de memorabilia basura.
Pero, ante todo, Papá Noel es una figura erótica para mí. Barba, canas y panza alcanzan para aplacar las ganas. En Santa Claúsula (1994), el padre divorciado Scott Calvin (Tim Allen) se vuelve gordo y viejo a causa de un hechizo y tiene que encarnar a Papá Noel. Al final de la película, su mujer le dice que tendrían que tomar vacaciones; y el gordo Allen acota un último chiste: "Tenemos que ir a un lugar donde no haya playa". A mí no me pareció nada gracioso, más bien indignante. ¿Como que los gordos temen o no deben mostrar sus panzas en las playas? Creo que esa es la línea más osofóbica de la historia del cine; y no hay ningún lugar que se parezca más al paraíso que una playa llena de panzones orgullosos, o de PapáNoeles en bolas. Ese lugar es mi Feliz Navidad.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Ya nadie va a escuchar tu remera


Hace menos de dos meses, The New York Times publicó un gran artículo autobiográfico de David Giffels, uno de los guionistas de Beavis and Butt-Head (lo reproduzco abajo en inglés porque muchas veces es difícil entrar al diario neoyorquino). La anécdota del artículo proponía una mirada actual sobre la herencia del rock en las futuras generaciones, tema central en este año argento gracias a Peter Capusotto y sus videos. Específicamente, Giffels se plantea un dilema a partir del pedido de su hijo de diez años, que quería una remera de Ramones para su cumpleaños.
La simple y perfectamente tierna anécdota del artículo me disparó dos recuerdos. El primero es una escena de Billy Madison, la película incial de Adam Sandler, cuando todavía era el muchacho punk de la comedia americana. En un colegio primario, en un recreo, el personaje de Sandler recibe un pelotazo de sus compañeros de ocho años. Y, como toda venganza, comienza una guerra de pelotazos desesperada, que se musicaliza con la hermosa "Beat on the Brat" de Ramones. Evocada con nostalgia infinita tras la perdición actual de Sandler, esa escena es de las que obligan a rebobinar hasta gastar el vhs, para tratar de volverlo el loop de la última epifanía alegre del cine.
El segundo recuerdo corresponde al verano del 1986/87. Yo estaba inmerso en las rutinarias vacaciones familiares en Mar del Plata. Una noche cualquiera visitaba la feria más grande del verano: Ferimar. En un stand veo una remera de los Sex Pistols: Sid Vicious con gesto deforme, candado al cuello y ropa rota. Una foto famosa que yo veía por primera vez estampada en una remera blanca. Y justo ese año me había cansado de saltar y gritar al escuchar un cassette grabado de los Pistols: merecía llevarme puesto ese trofeo. No tenía ni un peso partido al medio y era imposible pedirle plata a mi familia. La única opción era robarla. El lugar explotaba de gente y no era tan difícil. Y así fue como, manoteando la remera entre la mesa de saldos (ahí estaba, sin merecer esa humillación), Sid Vicious terminó oculto debajo de mi remera, al mismo tiempo que corría entre los pasillos de stands hacia ninguna parte, huyendo de una autoridad imaginaria que iba a encerrarme por pibe chorro. No recuerdo como la oculté, como salí de Ferimar con mi familia sin que se enterasen de mi robo. Sí, en cambio, recuerdo que de vuelta en mi casa de Lanús, no me saqué la remera ni un segundo y pasé un verano punk inolvidable, relatando mi hazaña criminal en Ferimar hasta que el pecho se me inflaba. De tanto usarla, la foto de Vicious en blanco y negro se fue despintando progresivamente de mi remera hasta casi desaparecer; o tal vez la tinta fue absorbida por mi piel hasta hacerla sangre.
Nunca más tuve una remera de un grupo de rock: nunca pude robarme otra y creo que, luego de Ferimar, no sentía que comprarme una fuese algo digno: o robo o nada. Este año, en octubre, entré al Rock Shop, un local de Vancouver (BC, Canadá) y me compré un canguro de Ramones, para protegerme con su capucha de la llovizna perenne de esa ciudad. El tiempo cambia; un verano no dura toda la vida.


Shirt-Worthy
By DAVID GIFFELS *
Published: October 28, 2007

There is only one acceptable way to own a Ramones T-shirt. This is to have attended a Ramones concert, sweated, bled, transcended and then purchased one at a merchandise table en route to the concert-hall exit. (Preferably at the Rainbow Theatre, London, New Year’s Eve 1977, but that’s not a deal breaker.)
The closest I ever came to owning one was when, as a minor, I borrowed my older brother’s shirt from the “Pleasant Dreams” tour, his first-ever rock concert, which he attended with the brother of the B-level pop starlet Rachel Sweet and at which he purchased this garment with his last dollars. What I didn’t realize at the time was how firmly that shirt would establish a complicated precedent. Rock ’n’ roll paraphernalia had to be hard-won, meaningful and scented with personal experience. It required a depth of symbolic thought — something like what Bob Seger probably goes through when browsing at a Chevrolet dealership. Later, I attended several of the band’s shows myself, but it seemed too easy just to walk up and buy a shirt. Or maybe it was that none of the shows were epic enough to justify it. The iconic shirt had to be earned, on both sides.
I was comfortable with the fact that I did not own one. The self-deprivation reinforced standards of cultural behavior that were important to me. Not that anyone else would notice, since no one ever notices when you’re not wearing a particular item of clothing, unless that item is your pants. But I had internal street credibility, which, in Ohio, where I live, is sufficient.
Then I had children, which involves reconsidering everything you once believed to be true. (The relative grossness of vomit, for instance. Before parenthood, vomit is not considered Something to Catch in Midair, Barehanded.) So when my son asked for a Ramones T-shirt for his 10th birthday because he “wanted one,” the request was so culturally complex that I chose not to probe it. Instead I just headed to the mall.
I’m not one of those cool detached persons who pretend they don’t know that such a thing as Hot Topic exists. I knew about the store. Totally knew. It’s like a punk-rock version of Foot Locker. But I’d never glanced inside one. Not because I was above it. More like parallel. It contained things that once defined an entire value system but that I now no longer thought about.
Entering Hot Topic required a psychological recalibration. I passed into a room padded with shirts: the Germs, Dead Kennedys, Bad Religion, the Subhumans — punk-era bands that barely ascended to “underground” status and were now benefiting from the contemporary marketing of the obscure.
The tall stack of Ramones T-shirts was somehow familiar and almost heartwarming. It wasn’t nostalgia I felt. Nostalgia requires a past. This past never existed for me. I saw these shirts on other people, Californians mostly, in the pages of somebody else’s copy of Maximum Rock ’n’ Roll. These days, things that should be rare are startlingly available. Could it be, I wondered, that my children will never have to struggle? And that Hot Topic is the metaphor for this? I wanted this to be true as much as I wanted this not to be true.
I dug through the stack. It ended at Adult Small. He’d have to grow into it. I took it home, wrapped it and set it with the other packages of 10-year-old-boy gear.
He wore it for the first time to a friend’s cookout. The kids ran off to play, and the parents chatted on the patio. Soon he came running, his forearm half-covering his eyes, the conflicted gesture of a 10-year-old boy Trying Not to Cry, which, if you are not made of obsidian, will break your heart in four seconds.
“What is it?” I asked. He twisted himself sideways, pulling the tail of his shirt out to show me.
“The fence,” he exhaled over the cliff of his throat.
There was a jagged rip, maybe two inches, trailed by a thread of hem. We dads locked eyes in simultaneous understanding.
“No,” one said. “You just made it better.”
I wanted to explain that very truth — that just as emotional pain brings us closer to God, so a rip in our Ramones T-shirt brings us closer to Sid Vicious. But in a moment like that, the notion of conveying wisdom is as relevant as trigonometry offered to a quicksand victim.
“We can get another one,” I said.
Which we did. Obtaining a replacement was a mere errand, devoid of ethical-cultural implications, $20, cleanly exchanged.
And this is how I ended up owning a Ramones T-shirt, a little snug, with a rip in the bottom, and wearing it with a clean conscience. Because no responsible father ever wastes a perfectly good shirt.

* David Giffels, a former writer for “Beavis and Butt-Head,” is a columnist at The Akron Beacon Journal. His memoir, “All the Way Home,” will be published next spring.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Tortolitos


El pasado 8 de diciembre, en el nuevo departamento de Once que coalquilamos con Norberto desde hace unos cinco meses, no armamos ni arbolito navideño ni pesebre. Bah, pesebre no armamos nunca desde que nos conocemos hace casi diez años. Y ese sábado 8, en la maceta de una de nuestras ventanas, se instaló oronda una paloma y puso un huevo. "Es nuestro pesebre", le digo a Norberto. "No puedo creer que vos pienses que a la paloma la envió dios. Es muy fuerte", me responde, sabiendo de mi ateísmo militante. No contesté nada, su respuesta era muy perfecta para arruinarla con una aclaración rápida.


Al otro día, la paloma, que ya había confirmado nuestra aceptación y hospitalidad, puso otro huevo, como sellando la morada definitiva para sus crías. Ahora su nido en nuestra ventana nos tiene expectantes; todos los días encontramos pequeñas sorpresas y si no las inventamos: Norberto me llamó a los gritos ayer porque creyó que habían nacido los pichones, pero era pura alucinación, en parte provocada por uno de los huevos que había cambiado de lugar.

Hoy, por ejemplo, la novedad fue poder ver dos veces la llegada del palomo de visita por el nido, con el mismo exacto plumaje gris que la paloma empolladora. Cada una de las veces que el macho apareció, la hembra se levantó al recibirlo, dejando ver los huevos, como si tratase de mostrar a su pareja la fértil producción doble.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Fotorizado


Los camiones sin acoplado atraviesan la web como fantasmas sin límite de velocidad. Además de muchos flogs que multiplican las imágenes de los recitales, hace un tiempo la banda tiene una ruta perfecta para acelerar: es Vienen bajando, un archivo motorizado patrullado por el amigo Mariano, compañero de pogo espacial. Y cuando no está pogueando, M. se distrae subiendo información, audio, videos, fotos, etc., a ese impecable FanSite de El mató a un policía motorizado (la última actualización fueron las letras de las canciones). También subió unas fotos que saqué en el último Festival de Cine de Mar del Plata, donde la cuadrilla dio un recital en el marco del SoundSystem.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Dale, dale, dale, sacale una foto


¿Hay alguna relación estrecha entre el crítico y eventual guionista Roger Ebert y el pintor y cineasta David Lynch? Dejando de lado, claro, la obligada tarea del primero de criticar las películas del segundo. Sí, hay, y la relación es perfecta: Lynch y Ebert son algunos de los personajes más divertidos que justifican la idea del blog Hombres que parecen lesbianas viejas.
En la foto de arriba está Bruno Gelber, fácil exponente local para el blog.
Nota: me dijeron que ese blog salió comentado hace poco en el suplemento Radar de Página/12, no encontré el texto para linkearlo.

viernes, 7 de diciembre de 2007

La noche gira


Se repite el rugido electrónico en versión DJBEAR. Es hoy después de la medianoche, la hora exacta en que los murciélagos giran ciegos alrededor de la bola de espejos.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Child's Replay


La ansiedad me consume: se rumorea que en 2009 Don Mancini dirigirá su segunda película, nada menos que una remake de Chucky, el muñeco diabólico (Child's Play, 1988). Para recordar la ópera prima de este intrépido creador, copio la crítica publicada en El Amante N° 154.

El hijo de Chucky / Seed of Chucky
ESTADOS UNIDOS, 2004, 87’, DIRIGIDA POR Don Mancini, CON Jennifer Tilly, Brad Dourif, Billy Boyd, Hannah Spearritt, John Waters, Redman.

Puede que no exista guionista menos legitimado y menos versátil en Hollywood que Don Mancini, pero el tipo es un héroe de la resistencia. Con excepción de su primer guión, Cellar Dweller (1988), su carrera en cine se reduce a su rol de creador y guionista de toda la franquicia Chucky (Child’s Play, 1988). Don Mancini es, tal vez, una versión berreta de Kevin Williamson, el guionista de la saga Scream. Y debería estar en el libro Guinness como la persona que más en serio se tomó la ridícula tarea de sostener por más de quince años un juego de niños. Y, sin embargo, luego de los fracasos de las partes 2 y 3, Don no claudicó y sacó el muñeco adelante con La novia de Chucky (1998), algo así como una remake pirata de la película camp de James Whale de 1935. Y luego Mancini, en un caso de doble o nada, reafirmó aún más su compromiso con El hijo de Chucky, no sólo como guionista sino también debutando como director de sus juguetes asesinos. Convertida en saga familiera, una forma de serialidad tolerada, esta nueva entrega llega a buen puerto gracias a seguir la lección de Joe Dante en Gremlins (1984) y su secuela: no se puede hacer la Historia sin autodestruirse a cada paso, sin reírse del pasado, sin contar como comedia lo que antes era drama. Y El hijo de Chucky es un juego reflexivo-destructivo-cómico del tipo Matinee (1993) de Dante: el monstruo como centro del universo, que se apropia del sentido y convierte todo en espectáculo deforme que pone en crisis la forma(lidad) de las cosas. En esta película lo más monstruoso es que un hijo no venga con alguna etiqueta genérica, masculina o femenina, y que sea un Glen or Glenda (1953) cualquiera, un mal clon edwoodiano. Algo parecido a una cruza de Bowie/Stardust con el Chris Walken de La leyenda del jinete sin cabeza (1999), ese hijo es aberrante y asusta incluso a sus monstruosos padres cool, ahora devenidos miembros de la gran religión infradotada de Homero Simpson. Por eso el pequeño papel de John Waters resulta de una coherencia extrema: ¿quién si no él hizo del sexo y el género una situación monstruosa para el bienpensante espectador medio (pelo)? El hijo de Chucky, película y personaje, es un juguete mal ensamblado, y ese es su gran aporte crítico a la alta cultura basura. Gracias, Don.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Prenderte fuego: postpogo espacial

Estas tres fotos pertenecen a la noche boca arriba que tuvo la correspondiente crónica en su momento. Pero como las fotos fueron posteadas por separado en diversos fotologs y demás, acá tienen la secuencia final completa del pánico escénico reconstruido cronológicamente (de la montaña humana al reposo postpogo durante el fragor de Prenderte fuego). Estas imágenes son posibles gracias a las miradas de Sebaclint y Brixie, infatigables ojos fotográficos de los recitales de El mató a un policía motorizado.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Dulces sueños


No sé las suyas, pero mi conciencia y mi inconsciencia fue, hace ya mucho tiempo, colonizada por la sociedad de consumo. Y, aunque me resista, aunque piense que a veces estoy afuera de todo, mi deseo se dispara en direcciones impensadas, imprudentes. Habitualmente, una vez que la barrera de la represión anticapitalista se libera en mis sueños, una vez que uno tiene la libertad definitiva para correr sin correa por el césped regado y pisado por mis deseos más íntimos, esos deseos que no confesaría ni siquiera en un blog anónimo, me convierto en el superhéroe que quiero ser. Algunos días de esos sueños soy el Capitán del Espacio del alfajor homónimo. Y viajo con mi cara de payaso, con mi casco azul, por un cosmos dorado de cielo rojo estrellado. Y mi recorrido onírico por el espacio sideral nunca llega a ser ni dramático como el de Tim Robbins en Misión a Marte, ni primitivamente odiséico como el de 2001, ni shakespeareano como el de Forbidden Planet. Mi trip espacial es sólo de una lisergia aplastada, algo nihilista, aunque mayormente anodina. Y todo el viajecito al final se reduce a una sonrisa desfigurada de bebé suspendida en una cuna cósmica.


Otras noches de sueños libertinos me transformo en el esquiador feliz de Biznikke. Bajo infinitamente por la nieve nívea y no freno nunca, nunca. Me gusta el vértigo de la velocidad sin respiro pero al poco tiempo me empiezo a aburrir, me miro a mí mismo con distancia hasta que me doy cuenta de que este sueño es bastante pelotudo y me despierto. Una vez en el territorio de la vigilia recuerdo que la única vez que usé esquíes fue en el viaje de egresados a Bariloche, y apenas me duraron puestos quince minutos. Era una clase de instrucción en el cerro Catedral y tras los tres primeros intentos infructuosos de aprender a frenar con los bastones decidí sacarme los esquíes y tirarme a dormir en la nieve antes de seguir cayéndome sin remedio. Creo que esa siesta perfecta en Bariloche fue la primera vez que comenzó la pesadilla donde yo era el esquiador feliz de Biznikke.


Cuando mi inconsciente se delira por lo más autóctono sueño que soy la coya emponchada de rojo del alfajor Guaymallen. Y siempre empiezo pisando alegremente la uva azul de los viñedos del departamento mendocino de Guaymallén, hasta que un grupo de extranjeros que disfruta del enoturismo se me ríe en la cara. Entonces, como no tengo manos a causa de la pereza del dibujante, comienzo a cagarlos a patadas voladoras uno por uno. Así, mi sueño se transforma en una repetición infinita de patadas en la cara a enoturistas: a los que puedo distinguir tienen o un gran parecido a Michael Caine en Sangre y vino (1996) o son igualitos a Paul Giamatti en su papel de Entre copas (2004).

sábado, 24 de noviembre de 2007

La crónica marcha 2: Like a Rolling Stone


En el recital-performance-electrónico de Blitto-Not Poet-Remolon la situación era multitudinaria. Ellos cantaron un cover poderosamente destructivo de Music de Madonna: Music makes the people come together, gritaban en una versión traducida que no memoricé aunque no me puedo olvidar el frenesí que pusieron en el revolcón por el escenario mientras trituraban las melodías de la virgencita queer-pop. Y la gente confirmaba la sabiduría de la letra al aullar celebrando el delirio teatral y glam de Blitto & Cía: es que ya se había prendido la mecha de la diversión y todo iba a explotar. Lo que no estalló fue el conflicto. Se habían tomado decisiones para prevenirlo. Por ejemplo, el complejo vallado en frente de la Catedral se volvió a repetir desde que hace varios años algunos activistas glbt graffitearon las paredes de la iglesia. Y, a partir de ese hecho, grupos de derecha homofóbicos iban a vigilar el santo edificio para que durante nuestra permanencia en Plaza de Mayo no nos acerquemos. Este año el vallado parecía algo ridículo porque la catedral ya había sido pintada con graffitis en alguna otra marcha anterior: el más sobresaliente era "La iglesia que ilumina es la que arde."

Cuando terminaron los recitales crucé la plaza para saludar a amigas/os, conocidas/os, alumnos/as, exalumnas/os, etc. Entre los primeros me encontré con Rafa y le mostré que llevaba el pin de Homoxidal 500, que él me había regalado hace como cinco años. Homoxidal 500 era un fanzine Homocore que el propio Rafa dirigía, distribuía, escribía, etc.; y fue una verdadera revolución porque perfiló una escena punk-rock-queer en Buenos Aires. Para mi tristeza, Rafa me dijo mientras señalaba mi pin: "Eso ya es vintage". Aunque el fanzine no salía hace tiempo, yo no quería darlo por muerto, porque de hecho nunca tuvo una regularidad, su continuidad dependía de los tiempos hormonales-creativos de Rafa. Pero ahora él mismo lo había sepultado con una sola frase. Y la tristeza duró hasta que él me respondió a mi frase rutinaria "¿En qué andás?": la respuesta fue un volante rosa con un dibujo de dos tipos made in Tom of Finland chuponeándose con una lengua Stone clavada en la nuca de uno de ellos (era, dicho de otra forma, un beso de lengua al cuadrado). Además del dibujo había un pedido en el volante: se busca cantante rolinga puto (pedido que sigue haciendo en un fotolog, que tiene links a varias canciones ya grabadas). Me di cuenta que Rafa me había mentido: Homoxidal 500 no desapareció, se convirtió en una banda en formación, en otro proyecto ruidoso de Rafa. Nada se pierde, todo se transforma. Avanzamos.

Y, como el movimiento (lgtb) se demuestra andando, la marcha comenzó a dejar atrás la Plaza de Mayo para ir rumbeando a la Plaza Congreso. Rumba, samba, mambo, disco: este año había más camiones, más música, más djs, más gente. Era un horizonte de diversidad sexual coreando músicas mezcladas, pero no remixes, sino una inexplicable amalgama de ruidos, desde bocinazos hasta música electrónica, desde la marcha nupcial hasta gritos y aplausos rítmicos. Eramos un canto rodando por la avenida. La música hace reunir a la gente, al burgués y al rebelde, canta Madonna. Pero también al ángel y al demonio, porque el infierno era el cielo más encantador esa noche musical. Y el coro de sant@s ya ardía en llamas. Sí, claro, a esa altura de la noche la mecha encendida ya había alcanzado la pólvora. Boom.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

La crónica marcha: Patinando por un sueño


El tic porteño de llegar tarde no tuvo tregua, a las tres había muy poca gente en la Plaza. Durante la mañana había llovido bastante y las nubes todavía mostraban los dientes grises. Sin embargo, las chicas superpoderosas de Escote en ve, venidas de La Plata, estaban listas en Plaza de Mayo para preparar su show debut en Capital. No las acompañaba mucha gente, apenas un perro negro vagabundo y Ramón de Reimon. No muy lejos, las agrupaciones estacionaron camiones/carrozas y los comenzaban a embanderar. Los que estaban listos eran los puestos de la feria artesanal gltb que ya ofrecían pins, banderitas, remeras, panfletos y otras cosas que exhibían ideas, colores, información.

Lisa de Brandon fue la primera vez que participó en la Comisión Organizadora de la Marcha del Orgullo LGBT y su aporte fue fundamental. Se puso la camiseta y la transpiró a la par de tod@s. Junto a ella presentamos el escenario de Plaza de Mayo, bautizado Nadia Echazú. Tal vez, este sea un nombre olvidado o simplemente desconocido por muchos/as. Pero Nadia fue una de las personas más importantes para el movimiento LGBT en los '90: era la activista trans más inteligente (hasta en su propia locura), la mujer más vibrante que conocí (hasta en su propia timidez) y la amiga más fiel (hasta en su propia inconstancia). Murió hace un par de años, pero en cada marcha la alucino igual a las últimas veces que vino: deslizándose con sus patines por Avenida de Mayo, porque ella no necesitaba subirse a una carroza, ella era una chica rodante, un camión con acoplado que pobre del que se le cruce. Nadia embestía con su pasión sin límites de velocidad. Patinaba por su sueño, que por suerte fue y es el mismo que el nuestro. Por eso la recordamos en el escenario, con el escenario. Y al momento de nombrar a Nadia ya éramos miles de personas tomando un sol del orgullo que había evaporado las nubes dentadas. No salió el arco iris, pero no lo necesitábamos, ya lo habíamos fabricado nosotros y lo multiplicábamos en banderas, pins, pulseras, vinchas, etc.
A la hora del recital de Escote en ve la plaza ya era una muchedumbre importante. Y, tras su debut en La Plata hacía menos de un mes, las cuatro chicas de la banda demostraron que son la nueva promesa de la ruidosa escena platense. Canciones directas a la mandíbula de la pacatería con un sonido físico, fuera de las electrónicas virtualidades de esta era digital. La banda perpetra la vibración física de la era analógica, como si sus melodías resultaran de la distorsión de la cintas estiradas de los cassettes viejos (de hecho, ellas repartieron una calcomanía con su flyer en formato de cassette). La música de Escote en ve señalaba una gran esperanza: otra distorsión social es posible.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Bailen, putos


Mañana sábado hay que ponerse la camiseta y transpirarla con orgullo. A partir de las 15 horas, en Plaza de Mayo, es la Marcha del Orgullo LGBT y tocarán Tumbamores, Escote en ve, Blitto y Exito Total. Luego de bailar hasta gastarla por toda Avenida de Mayo, llegaremos a Plaza Congreso para saltar con Gaby Bex (presentando disco) y Kumbia Queers, de visita por Argentina. Y después abre la pista el dj Bear, otra oportunidad para escucharlo rugir. La ciudad necesita más que nunca esta alegría y corear la consigna de este año: Libertad. Igualdad. Diversidad. No se corten.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Ojos de serpiente


Entre los actores buenos hay algunos con personalidad y otros con personalidades. Entre los primeros hay una subespecie: los de personalidad animal. Son los actores bestias, poco inclinados a pelar su humanidad (si es que en verdad la tienen) y muy distintos a los que prefería Hitchcock: los actores-ganado, que se pueden guiar, adiestrar. El actor animal es feroz, no se deja domesticar, tiene escrita su bestialidad en cada movimiento. Klaus Kinski es un ejemplo obvio; Brad Dourif, también, pero su nombre, creo, es un poco menos célebre. Y no porque sus intervenciones no sean tan shockeantes, sino porque en general uno no quiere fijar las pesadillas en el recuerdo.
Hoy tal vez muchos recordarán la excentricidad actoral de Dourif a través de las películas de David Lynch, Duna o Terciopelo azul, pero él estaba loco desde Atrapado sin salida de Milos Forman, película más bien olvidada y olvidable. Ahí debutó en el cine dentro de un manicomio y nunca debería haber salido, para tranquilidad del mundo.
Desde su inicio, Dourif se especializó en personajes perturbados, para bien y para el mal, con su característica mirada y expresión de serpiente al borde del mordisco. Pero también su voz y su espíritu feroces lo llevaron a ser el ventrílocuo cuya voz visceral habita al muñeco diabólico Chucky durante toda la saga de Don Mancini que empezó a fines de los 80.
Con Trauma, La máquina de la muerte, Alien: Resurrection, Senseless, a lo largo de los 90 Dourif parece haberse convertido en una renovación del estereotipo de científico loco del cine de ciencia ficción y terror de los 50. Su alquimia está contenida en sus tendones, que lo estiran hasta convertirlo en un extremista del gesto tirante. Tal vez su consagración arty y definitiva fue gracias a Peter Jackson y a Werner Herzog, en El Señor de los Anillos: Las dos torres y The Wild Blue Yonder. En la primera hace un personaje shakespeareano, brutal, donde su lengua enroscada y el brillo de sus ojos tienen una electricidad macabra. En la segunda, cuenta una versión marciana de la historia del planeta tierra, como no podía ser de otra forma cuando Herzog le saca punta a su delirio. Habla a cámara, muestra sus dientes, juega a matarnos de pánico mientras patea el polvo del desierto como un alien verborrágico.
Por estos días, Dourif es el maldito policía freak de la remake Zombie de Halloween; actúa poco tiempo en la película, pero su intervención se combina con las otras breves actuaciones de Danny Trejo, Udo Kier y Sid Haig, y la cosa termina convertida en un cóctel molotov de secundarios. Y en lugar de dream team, los cuatro formarían un nightmare team.

domingo, 11 de noviembre de 2007

I wanna be your dog


El último viernes, una hora antes de medianoche, se repitió el viaje a La Plata, pero esta vez volamos por la autopista en máquina plateada. El objetivo era doble: asado y fiesta freak. El asado fue en una casa semitomada, próxima a derrumbarse, donde se fumó la pipa de la paz. Y tras la desopilante anécdota del abogado petiso que dejó las leyes cuando descubrió tener el "don de la pulseada" (y que ganó fortunas en apuestas donde desplumaba a patovas empleados de seguridad), alguien nombró un monolito (otros decían que era sólo una placa) dedicado a los Ramones que había entre dos calles platenses, cerca del monumento al perro. Según contaron, se había invitado a Marky Ramone para inaugurar el monolito/placa, pero el evento terminó en una guerra de escupitajos punk (investigando internet, una noticia dice otra cosa que suena igual de inexacta en la descripción del evento). Antes de ir a la fiesta, a velocidad de auto-rayo, patrullamos las calles en busca del monolito pero sólo encontramos el monumento al perro (una de las cosas más feas del mundo) y, en frente, una placa dedicada a Perón. De Ramones no había ni un graffiti. Luego hubo música disco con Weekend de Godard como pantalla. Además fue mi casi debut como dj con un miniset: Jet Boy Jet Girl de Elton Motello (cortesía de John Waters) y Everyday is Halloween de Ministry; un doble programa de ciencia ficción y terror: buenos géneros para vibrar en la ardiente oscuridad.


Aclaración: Se espera recibir la foto del monumento al perro para incluirla en esta entrada.

Aclaración 2: Se agrega la foto por gentiliza del ojo nocturno de Agustín Masaedo y queda demostrado que el monumento al perro está entre lo más desagradable que, por estos días, se puede ver en el espacio público.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Trance Beat


En el malba se estrena Takeshis' y verla es un deber cívico obligatorio. Acá duplico una parte del texto escrito originalmente para el sitio de El Amante, como cobertura del Bafici 2006:
"Con su ritmo habitual, acelerado y lento en el mismo plano, Takeshi Beat Kitano filma un desequilibrio sobre sus alter egos, mezclando su autobiografía y su estilo cinematográfico con alto grado de humor; mezcla que no sólo se convierte en una película divertidamente narcisista, sino que termina siendo una de las más experimentales del festival, entendiendo experimental como una forma libertina de tramar estética y narrativamente las imágenes y los sonidos. Esa máquina de repetición marca Kitano escupe ideas audiovisuales como si fueran las balas de una de sus metrallas. Y ubicada entre la payasada y el policial violento, esta película trance se compone de sueños dentro de sueños dentro de...
Están avisados: si quieren viajar al rincón más confortable de la oscuridad del lenguaje del cine, Kitano los puede llevar en un taxi color lila ¡que vuela!"

viernes, 2 de noviembre de 2007

espacio público: vicios, virtudes, belleza y felicidad






En las paredes exteriores de Belleza y Felicidad (Acuña de Figueroa y Guardia Vieja) se exhiben los stencils estampados como parte de una actividad del Mes del Orgullo LGBT, llamada "Besa a quien quieras", realizada a través de una performance pansexual para invocar la energía rebelde original de Alberto Greco.
Anarchist Sexual Stencil: Parte I y II

lunes, 29 de octubre de 2007

Marcados


I. Montevideo nos repitió lo que ya sabíamos: el camino al cielo está lleno de lomas de burro. Entonces, nosotros que preferimos andar por la autopista directa al infierno, hicimos nuestro camino pecaminoso de siempre.



II. Primero sonorizamos la noche en el puerto con una "Sinfonía de mariscos y pescados" (el menú de "El italiano" dixit). De otra manera, nuestros estómagos hubiesen sido los que iban a cantar.



III. Y luego embarcados en misión averno fuimos al lugar que prometía y que cumplió. Así, con la marca de Caín tatuada en el cuerpo, bailamos lo que pudimos y quisimos; empezando con una versión gritada de Beautiful Stranger. Y nunca se gritó tan claro: "You're the devil in disguise / That's why I'm singing this song".



IV. Y ya cómodos en el lugar, sorprendió un poco el cartel que era la poca luz-amarillo-azufre iluminando el cuarto oscuro de los pecados carnales. Pero después entendimos: el diablo que avisa no traiciona. Incluso en el infierno hay una luz en el camino, que no sólo ilumina sino que también quema.

domingo, 28 de octubre de 2007

Osos de diez


Hay que decirlo, con pelos en la lengua: el Club de Osos de Buenos Aires cumple una década de prosperidad pilosa. Y para festejarlo preparó una serie de actividades que se desarrolla por estos días. Entre otras cosas, hay una muestra de cine que incluye películas de Anahí Berneri, Edgardo Cozarinsky, Pablo Deambrosis y John Waters. Y también Rear Windows, el primer corto sobre los osos producido en Argentina y que ya fue exhibido en festivales de cine de Vermont y La Plata.

domingo, 21 de octubre de 2007

Redesubicado



1980 era un año que marcaba menos el inicio de una década que un fin del siglo, porque tras las contraculturales décadas del '60 y '70, había que cambiar abruptamente para no ser parte del pasado o ser absorbidos por la propia nostalgia, como cantaban lúcidamente Ramones en su disco con Phil Spector. En sincronía punk con su tiempo, a partir de Polyester (1981) John Waters pegó un volantazo para rotar la dirección: siguió haciendo que sus películas fueran artefactos peligrosos pero dejando de lado la agresión explícita de su primera etapa. Ahora Waters hacía películas que se convirtieron en leves gestos incendiarios de apología de la delincuencia juvenil, apropiándose y subvirtiendo las típicas películas para adolescentes: así nacieron desde Hairspray (1988) hasta Cecil B. Demented (2000), pasando por Cry Baby (1990) y Pecker (1998) . Todas eran relatos de rebeliones en formato estudiantil, algo maximalistas y panfletarios, pero en clave de comedia de juguete bélico. Así, desde un género comercial y mainstream, Waters insistió en su incorrección inconformista y barrial made in Baltimore con nuevos parámetros. Porque con Polyester Waters comenzaba con firmeza una nueva etapa: salía del cine underground de la poética del shock gráfico de Pink Flamingos (1972) para meterse en el mundo de la basura blanca estadounidense, pero manteniendo el mismo nivel de comedia anarquista con su mirada camp, perturbadora, artificiosa, extrema. Y Waters siempre fue más allá de los límites: no ancla en géneros en estados puros, con sus convenciones y repeticiones, sino que va en busca de las impurezas, generando esos ángulos extraños donde Federico Fellini, R. W. Fassbinder, Kenneth Anger, H. G. Lewis, Andy Warhol, Spike Lee y Walt Disney pueden convivir en un conflicto a golpe de carcajadas. Polyester lo planteaba de manera explícita y radical: el cartel de un autocine anunciaba un doble programa de las películas de Marguerite Duras; esto no sólo era un buen chiste sino también una declaración de principios de Waters, basada en la violación permanente de los espacios estéticos regulados por la historia y la práctica (la tradición dicta que en los autocines sólo se pasan ciertas películas de explotación comercial para jóvenes y adolescentes, pero nunca el cine arty de Duras, con sus planos visuales estáticos y antinarrativos). En perfecta sincronía, en una escena de la película, en el estreno de una sala de películas de explotación Divine leía Cahiers du Cinéma: de nuevo la lógica de la desubicación, del gesto que empuja los límites de lo correcto. Y también la película de Waters prolongaba la experiencia audiovisual tradicional: en su estreno, se le entregaba a cada espectador una tarjeta con diez casilleros para raspar y oler cuando la película lo indicara. Ese sistema se llamó Odorama e iba más allá de los sentidos implicados en la experiencia cinematográfica habitual.
Igual estrategia de empujar los límites se pudo experimentar en la función de Súper en el Festival Internacional de Buenos Aires: una película de superhéroes en el espacio del autocine que desubicaba con su estrategia ideológica y de puesta en escena, que además implicaba un dispositivo de doblaje en vivo y algo de performance más allá de los límites de la pantalla. En un autocine local creado para la ocasión convivió un cruce extraño y desconcertante, algo necesario en el panorama cinematográfico local.

Este texto es introducción y complemento de una nota publicada en el último número musical de El Amante, que en el blog de Súper se reproduce en versión scanneada.

sábado, 20 de octubre de 2007

Lunáticos de Valencia


Antes se llamaban Royal Canin y Ulan Bator Trío, y actualmente son Los Bor.bones, una banda instrumental de punk cavernícola o/y rock basura formada por Manolo, Fela y Paloma Bor.bone. Como Ulan Bator Trío tienen un disco rasposo titulado Muchachas Mongolas que es un milagro al cuadrado (si lo quieren descargar pueden darse una vueltita por Papel Continuo, un sitio de la hostia). Los tres son de Valencia y fabrican sus instrumentos con basura y chatarra, incluso los amplificadores; en el fanzine "Rocanrrol por el puto morro" explican perfectamente como hacer esas cosas.
Si quieren una visita guiada al mundo del trío demente está el gran documental Los Bor.bones. Sé mongol y no mires con quién, fragmentado en cuatro partes en youtube. Allí exponen el Pedo de Satán, además de toda la filosofía de la banda, incluyendo la influencia de Mazinger Z y los Teleñecos (o sea Los Muppets). Y hacen un cover ruidoso de Blitzrieg Bop de Ramones que es una locura sublime. Seguramente debe ser lo más intersante que le pasó al rock español.

viernes, 19 de octubre de 2007

Oh, oh, oh


En Vancouver, entre mi hotel y las salas centrales del Festival Internacional de Cine, tenía que pasar obligatoriamente por una galería llamada extrañamente Oh My Godard (nombre que en el contexto del festival de cine sonaba mucho más absurdo). El logo de la galería hacía todo más terrible que el juego de palabras del nombre; la "o" de Godard era una aceituna rellena de morrón y pinchada por un escarbadientes. A través de la vidriera de la galería se podían ver las obras del nivel más horrible: cuadros seudoWarhol de Al Pacino, Steve McQueen y Marlon Brando, copas de cóctel imitación vitraux, más cuadros con dibujos de diseños publicitarios seudoingeniosos con dibujos de frutillas y aceitunas antropomórficas, con bracitos y pies. Toda esta asquerosidad junta, según investigué en internet, pertenece a la autoría de Michael Godard, conocido como el "Rock Star del Mundo del Arte". Ni idea de su existencia, aunque se autopromociona como el artista-americano-más-vendido. La biografía en su sitio oficial comienza de la siguiente manera: "Oh, my God...ard! These are usually the first words out of peoples' mouths when they view Michael Godard's artwork." Increíble.
Este tipo, que se viste y posa como un extra recargado de un videoclip malo de Europe, tiene una vida compleja, con problemas familiares, intentos de suicidio y otras vivencias dolorosas que lo llevaron a convertirse en un artista sensible, según informa un video que podría ser parte del programa de Peter Capusotto. También según el video documental, Michael Godard dejó el camino de las drogas gracias a que descubrió su "talento natural" para el dibujo y el arte. Visto y considerando sus dibujos podemos concluir que se confundió claramente de camino; incluso, su obra se transforma en una de las mayores apologías de las drogas, si es que la abstinencia te lleva a pintar esas porquerías y diseñar un sitio oficial como ese.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Tilt Elvis


"Hay dos tipos de personas en este mundo: los jugadores de videojuegos y los jugadores de flippers", dice Ray Liotta en Cop Land (1997) antes que lo saquen a patadas de un bar. Adicto al flipper, el personaje de Liotta llega a robar parquímetros para encontrar monedas para sostener su ludopatía. No sólo estoy de acuerdo con la clasificación, sino que me encolumno en el segundo tipo, el de los (casi compulsivos) jugadores de flipper, disciplina insustituible.
No hay muchas películas sobre los flippers (o sobre pinballs, para decirlo en gringo): en imdb sólo aparecen menos de treinta títulos que incluyen la palabra clave pinball en su trama (excluyendo los videojuegos). De las que faltan podría nombrar Vivir su vida (1962), donde Anna Karina se juega algún partido de manera apática. Pero también, si mal no recuerdo, la máxima envidia es el personaje de Tom Hanks en Quisiera ser grande (Big, 1988), que tiene un flipper propio en su casa: hecho extraño y ficcional, porque el flipper no es un juego privado sino (semi)público. Y aunque todo aparato llegó para el consumo hogareño, el flipper permaneció inadaptable, irreductible, como un monstruo poco domesticable.
En un pub de Vancouver (British Columbia) encontré el mejor flipper posible: uno algo retro sobre Elvis Presley. No parecía de la nueva generación de flippers surgidos en los 90, aunque estaba casi flamante. Y cada vez que el bolón metálico acertaba en el agujero de Jailhouse Rock, un muñequito del Rey se agitaba espástico. Gran momento.
Los que quieran investigar sobre el mundo de los flippers es muy recomendable visitar la Internet Pinball Data Base.